
Antígona sabía lo que iba a ocurrir.
Creonte había prohibido enterrar a su hermano Polinices. Quien desobedeciera sería condenado a muerte.
No esperaba ganar.
Y, aun así, lo enterró.
La pregunta que plantea Sófocles es incómoda: ¿qué sentido tiene hacer lo que creemos correcto cuando sabemos que hacerlo nos perjudicará?
Estamos acostumbrados a juzgar las decisiones por sus consecuencias.
Elegimos una inversión porque esperamos una rentabilidad. Contratamos a alguien porque creemos que mejorará la organización. Renunciamos a una alternativa porque otra parece más conveniente.
Pero no todas las decisiones funcionan así.
Hay decisiones que no buscan conseguir algo.
Buscan no aceptar algo.
Antígona no podía derrotar a Creonte. Solo podía decidir hasta dónde estaba dispuesta a obedecerle.
Ahí está la fuerza de la tragedia.
Y ahí aparece también una cuestión importante para las organizaciones.
Un valor que solo mantenemos mientras no cuesta nada se parece demasiado a una preferencia.
Es fácil defender la integridad cuando no hace perder dinero. La independencia, cuando nadie con poder intenta condicionarnos. El respeto, cuando no entra en conflicto con nuestros intereses.
La prueba llega cuando mantener esos principios significa perder un cliente, renunciar a una operación o aceptar un resultado peor.
Entonces desaparece la comodidad de las declaraciones.
Los valores de una organización se conocen menos por aquello que proclama defender que por aquello a lo que está dispuesta a renunciar para no traicionarlos.
Por eso algunas decisiones no pueden juzgarse únicamente preguntando qué hemos ganado con ellas.
También importa saber qué habríamos perdido si hubiéramos decidido lo contrario.
La desobediencia conduce a Antígona a la muerte.
Pero Sófocles deja abierta una pregunta mucho más difícil:
si hubiera obedecido, ¿qué habría perdido?
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