
Un buen mapa tiene algo de mentira.
Elimina detalles, reduce distancias y convierte montañas, ciudades y carreteras en símbolos.
Y precisamente por eso resulta útil.
Alfred Korzybski lo expresó hace casi un siglo: el mapa no es el territorio. Una representación necesita simplificar la realidad para ayudarnos a comprenderla.
En las empresas vivimos rodeados de mapas.
Un presupuesto convierte el futuro en cifras. Un KPI selecciona una parte de la realidad y la convierte en indicador. Una valoración resume años de incertidumbre en un número. Un organigrama representa quién depende de quién. Un plan estratégico ordena algo tan poco ordenado como el futuro.
Los necesitamos.
Sin ellos resultaría muy difícil decidir, coordinar recursos o saber si avanzamos en la dirección adecuada.
La dificultad aparece cuando empezamos a conceder al mapa una autoridad que nunca tuvo.
Un presupuesto aprobado en diciembre puede terminar tratándose meses después como si el mercado hubiera participado en su elaboración. Un KPI puede mejorar mientras se deteriora aquello que pretendía medir. Y una valoración con dos decimales puede transmitir una precisión que ningún futuro posee.
La exactitud de una cifra y la certeza de aquello que representa son cosas distintas.
Ese es quizá uno de los engaños más sutiles de los modelos: cuanto mejor construidos están, más fácil resulta olvidar que siguen siendo modelos.
Una hoja de cálculo puede contener cientos de fórmulas perfectamente correctas y descansar sobre una hipótesis equivocada.
Un cuadro de mando puede mostrar todos sus indicadores en verde mientras algo importante empieza a ocurrir fuera de ellos.
Y un plan puede cumplirse escrupulosamente después de que la realidad que lo justificaba haya cambiado.
Por eso, cuando un modelo parece ofrecernos una respuesta, conviene dirigir también la mirada hacia sus límites.
¿Qué hipótesis sostiene esta cifra?
¿Qué hemos decidido dejar fuera?
¿Qué tendría que ocurrir para que este mapa dejara de ser útil?
Y, sobre todo, ¿qué estamos viendo en la realidad que todavía no aparece en él?
Los buenos modelos ayudan a mirar.
Los malos empiezan a mirar por nosotros.
Necesitamos presupuestos, KPIs, valoraciones, previsiones y estrategias. Su valor está precisamente en reducir una realidad demasiado compleja para manejarla entera.
Pero esa simplificación tiene un precio: siempre queda algo fuera del mapa.
Por eso una organización puede disponer de mejores datos, mejores modelos y mejores cuadros de mando que nunca y, aun así, perder contacto con lo que está ocurriendo.
Necesitamos mapas para avanzar.
Pero ninguna organización debería dejar de mirar por la ventana.
Porque el territorio nunca ha leído nuestro plan.
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