Josep Mor

Pensar mejor para decidir mejor

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Política industrial y competitividad en la Unión Europea.

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La suerte también escribe nuestros éxitos


Dado sobre una mesa de consejo al atardecer, símbolo del azar en las decisiones empresariales

Maquiavelo comparó la fortuna con un río desbordado.

Cuando llega la crecida, arrasa campos, derriba árboles y se lleva por delante aquello que encuentra. Los diques se construyen antes.

La imagen aparece en El príncipe y contiene una idea incómodamente actual. Hay una parte de nuestras vidas que depende de las circunstancias y otra sobre la que podemos actuar: prepararnos, decidir, adaptarnos.

La dificultad está en saber cuánto hubo de cada cosa cuando finalmente conocemos el resultado.

Especialmente cuando el resultado ha sido bueno.

Es tentador contar nuestros éxitos como una secuencia ordenada de buenas decisiones: vimos antes que los demás, elegimos correctamente, trabajamos mejor, perseveramos cuando otros abandonaron.

Seguramente algo de eso ocurrió.

Pero quizá también entramos en un mercado justo cuando empezaba a crecer. Encontramos a la persona adecuada. Los tipos de interés acompañaron. Un competidor se equivocó. Una variable que no habíamos previsto evolucionó a nuestro favor.

La suerte también escribe nuestros éxitos.

Reconocerlo no disminuye el mérito. Lo coloca en su sitio.

Para quien dirige, la diferencia es importante. Un buen resultado puede proceder de una buena decisión. También puede aparecer después de una decisión mediocre o de un riesgo excesivo que esa vez no llegó a materializarse.

Ahí empieza uno de los peligros del éxito: aprender la lección equivocada.

Una empresa asume demasiado riesgo y gana. La siguiente vez aumenta la apuesta.

Una adquisición funciona porque el mercado crece mucho más de lo previsto. La organización concluye que sabe hacer adquisiciones.

Poco a poco, la fortuna puede acabar disfrazada de método.

Los fracasos suelen provocar preguntas. Revisamos las hipótesis, buscamos errores y discutimos qué deberíamos haber hecho de otra manera.

Los éxitos reciben bastante menos interrogatorio.

Y quizá deberían recibir más.

Después de una decisión importante conviene volver a la información disponible cuando se tomó, a las hipótesis que la sostenían y a los riesgos que se aceptaron.

¿Qué ocurrió por las razones que habíamos previsto?

¿Qué salió bien por razones distintas?

¿Y qué parte de ese éxito podría repetirse?

El resultado importa. Pero un resultado aislado contiene demasiado azar para explicar por sí solo la calidad de una decisión.

Maquiavelo entendió que siempre habrá crecidas. La tarea consiste en construir buenos diques, aprender cuáles resistieron y reconocer también cuándo tuvimos simplemente la suerte de que el río no creciera tanto como temíamos.

Quizá una organización madura se reconozca por eso.

Por su capacidad para aprender de los fracasos.

Y por su disposición a investigar sus éxitos antes de atribuirse todo el mérito.


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