
Charles Darwin tenía una costumbre curiosa.
Cuando encontraba un hecho que contradecía alguna de sus ideas, procuraba anotarlo inmediatamente. Había descubierto algo incómodo: su memoria tendía a olvidar antes las evidencias contrarias a sus convicciones que aquellas que las confirmaban.
No parece que hayamos cambiado demasiado.
Nos gusta pensar que formamos nuestras opiniones a partir de los hechos. Con frecuencia hacemos justamente lo contrario: primero tenemos una opinión y después seleccionamos los hechos que nos permiten conservarla.
Darwin no conocía el lenguaje actual de la inferencia bayesiana, pero su práctica apuntaba en esa dirección. Al registrar las evidencias que contradecían sus ideas, intentaba evitar que una primera impresión se convirtiera en una certeza inamovible.
El pensamiento bayesiano propone precisamente esa disciplina: partir de lo que creemos saber, incorporar la nueva información y actualizar nuestra opinión.
No significa cambiar de parecer cada vez que aparece un dato nuevo. Significa algo más difícil: permitir que los hechos aumenten o reduzcan nuestra confianza en aquello que creíamos cierto.
Esto resulta especialmente complicado cuando la decisión anterior fue nuestra.
Si aprobamos una inversión, elegimos una estrategia o confiamos en una persona, cada nueva evidencia contraria amenaza algo más que nuestra decisión: amenaza nuestro juicio sobre nosotros mismos.
Por eso muchas veces dejamos de preguntarnos si seguimos teniendo razón y empezamos a buscar razones para demostrar que la tuvimos.
Darwin había entendido el peligro. La lógica bayesiana ofrece una forma de combatirlo: no exigirnos acertar desde el principio, sino revisar honestamente nuestras creencias a medida que aparece nueva evidencia.
Quizá la racionalidad no consista en acertar siempre. Consista en algo bastante más humilde: cambiar lo que pensamos cuando cambia lo que sabemos.
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