Josep Mor

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Política industrial y competitividad en la Unión Europea.

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Leonardo da Vinci y el momento en que dejamos de mirar


La mayoría dejamos de mirar cuando creemos haber entendido. Leonardo da Vinci hacía casi lo contrario.

Observaba un brazo y quería saber qué ocurría debajo de la piel. Miraba el agua y se preguntaba cómo se movía. Estudiaba la luz, las plantas, el vuelo, el rostro humano. Una respuesta rara vez cerraba una cuestión. Normalmente abría otra.

Quizá ahí estaba una parte de su genialidad: tardaba mucho más que los demás en considerar que algo estaba suficientemente explicado.

Nosotros hacemos lo contrario con frecuencia.

Conocemos a una persona y acabamos diciendo: “ya sé cómo es”. Tenemos éxito haciendo algo de una determinada manera y concluimos que ya sabemos cómo funciona. Escuchamos una explicación razonable y dejamos de buscar otra.

Entonces ocurre algo curioso: el conocimiento, que debería ampliar nuestra mirada, empieza a cerrarla.

También sucede en las empresas.

Un consejo lleva años siguiendo un negocio. Conoce sus cifras, sus competidores y su equipo directivo. Esa experiencia es valiosa, pero puede convertirse en una trampa cuando la familiaridad sustituye a la observación.

“Este mercado siempre ha funcionado así.”

“Este cliente nunca se irá.”

“Conocemos perfectamente este negocio.”

Quizá una de las funciones más importantes de un buen consejo sea impedir que la experiencia cierre demasiado pronto las preguntas.

La experiencia debería ayudarnos a mirar mejor, no a creer que ya hemos visto suficiente.

Leonardo pasó una vida observando.

Quizá porque entendió algo que sigue siendo útil cinco siglos después: dejamos de ver muchas cosas justo cuando creemos que ya sabemos lo que son.


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