
Sócrates entendió algo esencial: una certeza nunca examinada puede gobernarnos durante toda una vida.
Preguntar incomoda. Obliga a revisar convicciones, reconocer dudas y aceptar que quizá aquello que damos por cierto no lo sea tanto.
Pero, precisamente por eso, preguntar protege.
Cervantes lo explicó, a su manera, muchos siglos después. Don Quijote encuentra una bacía de barbero y decide que es el yelmo de Mambrino. Sancho le recuerda que aquello sigue siendo una bacía. Pero don Quijote no cambia de opinión: cambia la explicación. Si parece una bacía es porque los encantadores han conseguido que lo parezca.
Es una escena cómica y, al mismo tiempo, profundamente humana. Cuando una convicción está demasiado arraigada, a veces preferimos modificar la realidad antes que modificar nuestra opinión.
El problema no está en equivocarse. Todos lo hacemos. El verdadero peligro aparece cuando estamos equivocados y, además, completamente seguros de tener razón.
Quien duda todavía escucha. Quien cree saberlo todo deja de hacerlo.
Hace años que utilizo a menudo una frase que me gusta y que resume bastante bien esta idea: “No soy suficientemente joven como para saberlo todo.”
La experiencia, si sirve para algo, debería ayudarnos a desconfiar un poco de nuestras certezas.
La pregunta socrática sirve precisamente para eso. ¿Por qué creo esto? ¿Qué evidencia tengo? ¿Qué tendría que ocurrir para que cambiara de opinión?
No se trata de vivir dudando de todo. Se trata de que nuestras certezas sean capaces de soportar preguntas.
Equivocarse es humano. Vivir equivocados con absoluta seguridad también lo es, pero resulta bastante más peligroso.
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