Josep Mor

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Ortega y Gasset y la claridad como forma de respeto


Ser claro es una forma de respeto, pero no es solo una virtud intelectual. Es sobre todo una herramienta de gestión

Cuando hablamos o escribimos sin precisión, trasladamos al otro el esfuerzo que nos corresponde. Ortega y Gasset lo expresó con una frase que sigue vigente: «la claridad es la cortesía del filósofo». No es solo una cuestión de estilo, sino una responsabilidad hacia quien escucha o lee.

Ser claro exige esfuerzo.

Implica distinguir lo esencial de lo accesorio, ordenar las ideas y elegir las palabras adecuadas. La oscuridad, en cambio, protege: una idea confusa es difícil de cuestionar porque no se sabe exactamente qué afirma. Por eso la claridad también requiere valentía.

Quien se explica con claridad se expone. Permite que le comprendan, que le contradigan y que detecten sus errores. El lenguaje innecesariamente complejo, en cambio, prolonga una apariencia de autoridad.

La profundidad no está reñida con la claridad. Un pensamiento puede ser complejo y comprensible a la vez. La claridad no elimina matices, sino que muestra el camino para entenderlos y esto tiene consecuencias prácticas.

Un informe confuso traslada al lector el trabajo que no hizo quien lo redactó. Una estrategia envuelta en conceptos grandilocuentes puede ocultar que aún no está definida. Un directivo que no logra explicar una decisión probablemente tampoco la ha pensado del todo.

En el ámbito empresarial, la falta de claridad no es solo un problema de comunicación, sino de gobierno.

Cuando los objetivos no se formulan con precisión, la ejecución se dispersa. Cuando las responsabilidades no se explicitan, se diluyen. Cuando la propiedad no define con claridad qué espera de la dirección, aparecen conflictos, ineficiencias y decisiones inconsistentes.

La ambigüedad puede servir para evitar tensiones a corto plazo, pero suele generar problemas mayores a medio plazo.

En consejos de administración, en relaciones entre socios o en la definición de estrategias, la claridad es una condición para el buen gobierno. Permite alinear intereses, evaluar decisiones y exigir responsabilidades.

Por eso la claridad no es solo una virtud intelectual.

Es una herramienta de gestión y una forma de respeto hacia quienes dependen de nuestras decisiones. En la empresa, como en el pensamiento, lo que no se puede explicar con claridad difícilmente puede ejecutarse bien.


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