Josep Mor

Pensar mejor para decidir mejor

Otros blogs de Josep Mor

Intelectia

Política industrial y competitividad en la Unión Europea.

Analizo los cambios regulatorios, industriales, energéticos y tecnológicos que pueden transformar la competitividad de nuestras empresas.

Visitar Intelectia →


El rey Lear y el poder que deja de escuchar


El rey Lear no cae porque le falte poder.

Cae porque ya solo quiere escuchar lo que confirma la imagen que tiene de sí mismo.

Al principio de la tragedia, Lear pide a sus hijas una declaración de amor. No busca verdad. Busca ceremonia. Quiere escuchar cuánto le aman, pero en realidad desea otra cosa: que su autoridad sea envuelta en palabras agradables.

Goneril y Regan entienden pronto el juego. Le ofrecen exageración, halago, obediencia verbal. Cordelia, en cambio, no sabe mentir de esa manera. Ama a su padre, pero se niega a convertir el amor en espectáculo.

Y Lear la expulsa.

Ese es el momento decisivo. El poder se queda con quienes le adulan y aparta a quien todavía se atreve a quererle con verdad.

Pocas escenas explican mejor la fragilidad del gobierno.

Gobernar exige escuchar cosas incómodas. Especialmente cuando uno ya ha tenido éxito, cuando ha fundado una empresa, construido un patrimonio, dirigido una familia o sostenido durante años una organización. Entonces el riesgo no suele venir de la falta de inteligencia, sino de algo más difícil de detectar: la costumbre de tener razón.

El poder prolongado crea una música propia. Al principio uno decide porque ve mejor que otros. Con el tiempo, empieza a creer que ve mejor siempre. Y, poco a poco, las voces críticas parecen deslealtad, los matices parecen debilidad y las advertencias parecen ataques personales.

Así se empobrece el juicio.

Lear no quiere una sucesión ordenada. Quiere una sucesión que confirme su vanidad. No entrega el reino para que sobreviva a él; lo reparte como quien todavía exige que todo gire alrededor de su persona.

Ahí aparece una lección especialmente dura para la empresa familiar, para el consejo y para cualquier forma de liderazgo.

La sucesión no fracasa solo por razones técnicas. Fracasa también cuando quien debe retirarse no ha aceptado todavía dejar de ocupar el centro. Fracasa cuando el fundador confunde continuidad con obediencia. Fracasa cuando los herederos aprenden que decir la verdad tiene más coste que repetir lo que el poder desea escuchar.

La tragedia de Lear no empieza en la tormenta. Empieza mucho antes, en una sala donde nadie se atreve a decirle al rey que está confundiendo amor con sumisión.

Todos los gobiernos necesitan una Cordelia.

Alguien que no hable para agradar. Alguien que no convierta la prudencia en silencio. Alguien capaz de sostener una verdad incómoda sin convertirla en humillación. Porque la voz incómoda no siempre destruye la autoridad. Muchas veces es lo único que puede salvarla de sí misma.

El problema es que el poder rara vez agradece esa voz en el momento en que la necesita.

Prefiere el halago, porque el halago descansa. Prefiere la obediencia, porque ordena. Prefiere la unanimidad, porque produce una sensación engañosa de fortaleza.

Pero una organización donde nadie incomoda al poder ya ha empezado a debilitarse.

Quizá por eso Lear sigue siendo tan actual. No habla solo de un rey anciano. Habla de cualquier persona que ha tenido autoridad durante demasiado tiempo sin suficientes contradicciones cerca.

El poder se degrada cuando deja de escuchar.

Y la sucesión se vuelve peligrosa cuando quien debe preparar el futuro todavía necesita ser venerado en el presente.


Deja una respuesta