Josep Mor

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El hombre no es un ladrillo


Una carta de lector publicada estos días en la prensa utilizaba una imagen aparentemente sencilla. Venía a decir que los materiales de construcción, a diferencia de las personas, no engañan. Un ladrillo se comporta como se espera de él. Una viga responde a sus propiedades. Un cimiento puede fallar por humedad, por carga, por fatiga o por un mal cálculo, pero no por ambición, vanidad, interés o traición.

La imagen tiene fuerza, pero también tiene un problema, y grave, filosóficamente es falsa.

Un ladrillo no engaña porque no puede decir la verdad. Una viga no traiciona porque no puede prometer. Un material no decepciona porque carece de conciencia, libertad y responsabilidad. Comparar la conducta humana con la estabilidad de los materiales puede servir como desahogo literario, pero conduce a una mala comprensión de la condición humana.

El ser humano no está mal diseñado porque sea imprevisible. Es moralmente exigente porque es libre.

La diferencia es importante. Los materiales pertenecen al orden de la necesidad física. Responden a fuerzas, tensiones, deformaciones, temperaturas y condiciones de uso. Pueden deteriorarse, romperse o fallar, pero no deciden. No deliberan. No se justifican. No se excusan. No prometen una cosa y hacen otra. Su comportamiento puede sorprendernos si hemos calculado mal, si desconocemos algún dato o si se produce una circunstancia no prevista. Pero la sorpresa nace de nuestra ignorancia, no de una voluntad oculta del material.

Con el ser humano ocurre otra cosa. La persona vive en el orden de la acción. Actúa desde motivos, intereses, convicciones, temores, pasiones, lealtades y cálculos. Puede mantenerse fiel a una palabra dada o traicionarla. Puede actuar con prudencia o con ligereza. Puede sacrificarse por una causa justa o servirse de ella para beneficio propio. Puede dar razones nobles para actos poco nobles. Puede incluso engañarse a sí misma antes de engañar a los demás.

Ahí reside la dificultad de la condición humana. También su dignidad.

La carta a la que me refiero concluía, con evidente malestar, que el ser humano está “profundamente mal diseñado”. Es una frase eficaz, pero pobre. Presupone que existe un diseño correcto del hombre y que ese diseño debería parecerse a la regularidad de los objetos. Como si una humanidad bien construida fuese una humanidad perfectamente previsible, incapaz de desviarse, de fallar, de contradecirse o de sorprender.

Pero un ser humano así no sería moralmente mejor. Sería menos humano.

La virtud no consiste en comportarse con la regularidad de un ladrillo. Un tirano puede ser perfectamente previsible. Un corrupto sistemático también. Una burocracia injusta puede funcionar con una regularidad impecable. La previsibilidad, por sí sola, no es una virtud. A veces, lo terrible no es lo inesperado, sino lo que se repite sin conciencia.

La pregunta filosófica relevante no es por qué el ser humano no se comporta como un material de construcción. La pregunta relevante es otra: qué hacemos con una criatura capaz de prometer, incumplir, justificar, rectificar, arrepentirse o perseverar en el error.

Aristóteles lo habría formulado en términos de carácter. No nacemos hechos del todo. Nos vamos formando mediante hábitos, decisiones y educación moral. La vida buena no depende solo de tener buenas intenciones, sino de construir un modo estable de actuar. Por eso la prudencia es tan importante: porque permite gobernar la acción cuando las circunstancias son complejas, cuando los deseos presionan y cuando el interés propio amenaza con deformar el juicio.

Kant lo habría formulado desde la dignidad. La persona no es una cosa. No puede ser tratada como un simple objeto sometido a leyes externas. Precisamente porque puede actuar por razones, puede ser juzgada moralmente. Un ladrillo no es culpable de caerse. Una persona sí puede ser responsable de fallar a una obligación, de abusar de una posición o de utilizar su influencia de manera indebida.

La política añade otra dimensión al problema. Cuando una persona ha ejercido poder, su conducta posterior no pertenece solo a su vida privada. Queda rodeada de una expectativa pública de ejemplaridad. No porque los antiguos cargos deban vivir bajo sospecha permanente, sino porque el poder deja huella: relaciones, acceso, prestigio, influencia, capacidad de abrir puertas. La ética pública empieza precisamente cuando entendemos que no todo lo legalmente posible resulta institucionalmente limpio.

Aquí la metáfora del ladrillo se queda corta. La cuestión no es que el ser humano sea imprevisible. La cuestión es que el poder tienta, protege, deforma y, a veces, anestesia el sentido del límite. Por eso las sociedades maduras no descansan solo en la supuesta bondad de sus dirigentes. Necesitan reglas, controles, incompatibilidades, transparencia, rendición de cuentas y una cultura cívica que no confunda habilidad con virtud.

Maquiavelo, Hobbes o Montesquieu no se habrían escandalizado al descubrir que el ser humano puede actuar movido por interés. Lo sabían de sobra. La política moderna nace, en buena medida, de esa constatación incómoda: los hombres no son ángeles. Pero tampoco son ladrillos defectuosos. Son seres capaces de grandeza y de miseria, de justicia y de abuso, de lealtad y de cálculo. Por eso hacen falta instituciones que encaucen el poder y una educación moral que forme el carácter.

La indignación moral es legítima. A veces incluso necesaria. Pero se vuelve intelectualmente pobre cuando transforma un caso concreto en una condena general de la humanidad. Decir que “el ser humano está mal diseñado” puede aliviar momentáneamente el mal humor, pero no ayuda a pensar mejor. Es una forma elegante de rendirse ante la complejidad.

La filosofía exige algo más. Nos obliga a distinguir planos. Una cosa es el comportamiento de los materiales. Otra, la conducta de las personas. Otra, la responsabilidad de quienes han ocupado posiciones públicas. Y otra, el diseño institucional necesario para impedir que la fragilidad humana se convierta en abuso de poder.

El ladrillo no traiciona porque no puede prometer. La persona decepciona porque podía actuar de otro modo. Ahí está el problema. Pero también ahí está la posibilidad de la ética.

Una sociedad que espera de sus ciudadanos la regularidad de los objetos termina despreciando la libertad. Una sociedad que acepta sin más la fragilidad humana termina justificando cualquier cosa. Entre ambas posiciones hay un camino más exigente: comprender que el ser humano es libre, vulnerable, interesado, capaz de virtud y capaz de caída. Y, precisamente por eso, necesitado de carácter, de límites y de instituciones.

El hombre no es un ladrillo. Esa es su dificultad. Y también su grandeza.


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