Josep Mor

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Política industrial y competitividad en la Unión Europea.

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Sancho Panza y el gobierno de la realidad


Antes de hablar de Sancho conviene escuchar a Teresa.


Teresa Panza no sueña con ínsulas. No se mueve por la promesa de grandeza ni por la seducción de la aventura. Vive en el terreno donde las palabras acaban teniendo consecuencias: la casa, el sustento, los hijos, el vestido, la reputación, el día siguiente.

Por eso su papel es más profundo de lo que parece. Teresa no niega la aventura; pregunta por su coste.

Y esa pregunta, tan poco heroica, es una de las grandes preguntas del gobierno de las empresas y también del gobierno en general.

Don Quijote imagina el mundo que debería existir. Sancho recuerda el mundo que existe. Teresa pregunta quién sostendrá la distancia entre ambos.

Ahí aparece una lección extraordinaria.

Toda visión necesita despegarse un poco de la realidad. Si solo miramos lo que hay, no salimos nunca del sitio. No se emprende, no se transforma, no se funda nada importante. Don Quijote representa esa capacidad de ver más allá de lo inmediato, de creer que el mundo puede ser distinto, de no aceptar que la realidad agote todas las posibilidades.

Pero la visión, cuando queda sola, se vuelve peligrosa. Puede confundir deseo con destino, grandeza con delirio, propósito con obstinación.

Sancho introduce otra inteligencia. No es simplemente el hombre práctico ni el gracioso lleno de refranes. Es algo más serio: la realidad caminando al lado de la visión.

Sancho no destruye el sueño de Don Quijote. Lo acompaña. Lo traduce. Lo baja al cuerpo, al hambre, al cansancio, al miedo, al camino. Su presencia impide que la aventura se convierta del todo en abstracción. Don Quijote ve gigantes. Sancho ve molinos. Y entre ambos se abre el territorio donde suele jugarse la vida: entre lo que deseamos que sea verdad y lo que la realidad permite sostener.

Por eso Sancho es tan necesario para pensar la estrategia.

Una buena estrategia necesita ambición, pero también necesita tierra. Necesita imaginar un futuro, pero también preguntar cuánto cuesta, quién lo ejecuta, qué se pierde por el camino, qué parte del discurso resiste el contacto con la vida.

Muchas organizaciones fracasan porque tienen demasiados Quijotes sin Sancho. Y muchas vidas se empequeñecen porque tienen demasiado Sancho sin Quijote.

Teresa añade la tercera pieza. Recuerda que toda aventura deja a alguien sosteniendo la casa. Que toda promesa tiene un reverso material. Que toda grandeza necesita ser compatible con lo que permite seguir viviendo.

Quizá gobernar consista precisamente en eso: conservar una visión suficientemente alta para no quedar atrapados en la rutina, una conciencia suficientemente terrestre para no confundir molinos con gigantes, y una prudencia suficientemente humana para no olvidar quién paga el coste de nuestras aventuras.

La estrategia necesita ambición.

Pero, para no perderse, necesita también un Sancho.

Y, antes de salir al camino, conviene escuchar a Teresa.


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