Las verdades que todos aceptamos y casi nadie gobierna

Uno de mis profesores utilizaba una expresión que, en su aparente sencillez, encerraba una lección de vida: Sobvyt.
Quería decir: sé obvio y triunfarás.
Al principio podía parecer una ironía sobre la pobreza de ciertos discursos. Con el tiempo, sin embargo, he pensado que contenía algo más profundo. La obviedad tiene una fuerza extraordinaria porque casi nadie la discute. Entra sin resistencia. Se acepta con facilidad. Produce acuerdo inmediato.
Y, precisamente por eso, puede dejar de ser pensada.
Hay obviedades que todos compartimos.
La vida pasa muy deprisa.
Los hijos crecen antes de que uno se dé cuenta.
La salud importa más que casi todo lo demás.
Nadie sensato discutiría seriamente estas tres afirmaciones. Las hemos oído muchas veces. Las hemos dicho muchas veces. Las hemos utilizado para aconsejar a otros, para ordenar una conversación o para cerrar un momento de lucidez.
Además, cada una trae consigo una recomendación casi inevitable.
Si la vida pasa muy deprisa, no conviene aplazar indefinidamente lo importante.
Si los hijos crecen antes de que uno se dé cuenta, conviene estar más presente mientras todavía quieren y necesitan nuestra presencia.
Si la salud importa más que casi todo lo demás, conviene cuidarla antes de perderla.
Hasta aquí todo parece limpio, razonable y difícil de discutir.
El problema empieza después.
Porque esas tres verdades, tomadas en serio, no son tan compatibles como parecen. Todas reclaman lo mismo: tiempo, atención, energía, presencia y renuncia. Todas piden prioridad. Todas quieren ocupar el centro de la vida.
Si uno se toma en serio que la vida pasa muy deprisa, siente la urgencia de hacer ahora lo que lleva años aplazando: escribir, emprender, viajar, cerrar una etapa, reconciliarse, asumir un riesgo, terminar un proyecto o cambiar de rumbo. Pero muchas de esas decisiones exigen foco, intensidad y horas. Y esas horas salen de algún sitio.
Pueden salir de la familia.
Pueden salir del descanso.
Pueden salir de la salud.
Si uno se toma en serio que los hijos crecen antes de que uno se dé cuenta, entiende que no basta con quererlos ni con proveer para ellos. Hay que estar. Escuchar. Acompañar. Mirar sin prisa. Llegar a casa con algo más que el cuerpo.
Pero esa presencia también exige pagar un precio. A veces implica trabajar menos, viajar menos, contestar menos correos, renunciar a oportunidades o aceptar que una parte de la ambición profesional no podrá desplegarse de la misma forma.
Y si uno se toma en serio que la salud importa más que casi todo lo demás, la conclusión es incómoda: hay que dormir, parar, moverse, comer con orden, revisar el estrés, proteger el cuerpo y dejar de tratar la resistencia física como si fuera infinita.
Pero cuidar la salud consume tiempo. Y muchas veces ese tiempo compite con los hijos, con el trabajo, con los padres mayores, con los compromisos y con todo aquello que también parece importante.
Por eso las obviedades son peligrosas cuando se aceptan demasiado deprisa.
No porque sean falsas. Al contrario: suelen ser verdaderas. Pero lo son de forma incompleta.
Cada una ilumina una parte de la vida, pero ninguna ordena por sí sola la totalidad. Cada una señala un bien real, pero no resuelve el conflicto entre bienes reales. Y la vida adulta consiste precisamente en eso: en ordenar bienes que compiten entre sí.
Ahí es donde la obviedad puede engañarnos.
La frase evidente nos da la satisfacción de haber entendido algo, pero nos ahorra el trabajo de decidir qué lugar debe ocupar. Nos permite asentir sin comprometernos. Nos da una pequeña sensación de sabiduría sin obligarnos todavía a cambiar la agenda, el calendario, el cuerpo, la casa o las prioridades.
Decir “la salud es lo primero” es fácil.
Acostarse antes cuando queda trabajo pendiente es más difícil.
Decir “los hijos crecen muy rápido” es fácil.
Cerrar el ordenador cuando todavía quedan cosas por hacer es más difícil.
Decir “la vida pasa deprisa” es fácil.
Decidir qué merece realmente nuestra vida es mucho más difícil.
La obviedad triunfa porque produce acuerdo. Pero vivir exige algo más que acuerdo: exige jerarquía.
Y jerarquizar siempre duele un poco, porque obliga a reconocer que no todo puede ser primero al mismo tiempo.
Mientras son frases, caben todas.
Cuando bajan a la vida, compiten.
Quizá por eso Sobvyt era una expresión más seria de lo que parecía. “Sé obvio y triunfarás” funciona porque todos reconocemos la verdad de ciertas frases. Pero el verdadero aprendizaje empieza justo después del asentimiento, cuando alguien se pregunta: de acuerdo, si esto es verdad, ¿qué debo cambiar mañana?
La respuesta rara vez es cómoda.
Puede exigir llamar a alguien. Pedir perdón. Decir que no. Trabajar menos. Trabajar mejor. Cuidarse más. Renunciar a una oportunidad. Aceptar un límite. Volver antes a casa. Revisar una ambición. Recuperar una conversación.
También ocurre en las empresas, en las instituciones y en los consejos de administración. Allí abundan otras obviedades: hay que crecer, hay que innovar, hay que cuidar el talento, hay que ser prudentes, hay que transformarse, hay que pensar en el largo plazo. Todas pueden ser ciertas. Pero también allí el problema empieza cuando se aceptan sin ordenar sus consecuencias.
La buena dirección, como la buena vida, no consiste en repetir verdades evidentes. Consiste en gobernar las tensiones que esas verdades abren cuando se toman en serio.
La obviedad puede ser el principio de la sabiduría.
Pero solo si no nos permite descansar demasiado pronto
Deja una respuesta