Josep Mor

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La mejor versión de uno mismo.


La perspectiva de Aristóteles sobre las inmensas capacidades del ser humano es fascinante.

Aristóteles, estaba convencido de nuestra capacidad de autotransformación mediante el uso de la razón y la acción consciente.

Se le atribuye a Aristóteles la máxima: “El pensamiento condiciona la acción, la acción refuerza el hábito, y el hábito determina el carácter”. Aunque esta cita no se encuentra de manera textual en sus tratados, encapsula las esencias de su pensamiento ético, tal y como se despliegan en su obra, la “Ética a Nicómaco”.

La premisa de que “El pensamiento condiciona la acción” nos sumerge en la concepción aristotélica del ser humano como entidad racional, cuyas acciones son el fruto de la deliberación consciente. Aristóteles nos desafía a reconocer la importancia de la reflexión previa a la acción, proponiendo que nuestras acciones no deben ser el resultado de impulsos o emociones desbordadas, sino de un proceso guiado por la razón.

Cuando señala que “La acción refuerza el hábito”, Aristóteles subraya la trascendencia de los hábitos en el esculpido del carácter ético. Nos enseña que la virtud no es un conocimiento estático, sino una práctica dinámica: la repetición de actos forja hábitos, y estos hábitos son el cimiento de una existencia virtuosa. La constancia en la práctica del bien se convierte, entonces, en el pilar donde se afianza el hábito de la virtud.

La parte final de su reflexión, “el hábito determina el carácter”, Aristóteles nos revela que el carácter es el resultado de la acumulación consciente de hábitos. Contrario a la idea de un carácter innato, nos invita a concebir el carácter ético como una obra en constante construcción, edificada a través de nuestras elecciones y acciones reiteradas. Así, un carácter virtuoso surge de la persistencia en actuar correctamente.

Esta tríada conceptual —que el pensamiento guía la acción, que la acción fortalece el hábito, y que el hábito configura el carácter— esboza el camino aristotélico hacia la virtud y el carácter ético. En esta visión, la razón no solo dirige nuestras acciones, sino que, mediante la repetición consciente de estas, nos permite forjar un carácter que es la piedra angular de una vida plena y virtuosa. Aristóteles, con esta filosofía, no solo nos invita a reflexionar sobre nuestra capacidad de autotransformación, sino que nos alienta a emprender el viaje hacia nuestra mejor versión.


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